La verdadera elegancia 

nunca trata 

de humillar,

al interlocutor

sino de 

sublimarlo.

 

 

Abandonamos

 fácilmente

 nuestras

 posesiones, 

no abandonamos el "ego" 

que es el gran

 enemigo de 

la elegancia    

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La Elegancia

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La elegancia

Suele llamarse persona elegante a aquella que viste de acuerdo a la moda. Sin embargo, si atendemos a la etimología, alguien es elegante en la medida en que es capaz de mantener un criterio personal.. El término “elegancia” (procede del término latino elegans que a su vez deriva de eligere = elegir). 

No quiero, por tanto, centrar esta reflexión en el retortero de la moda. Sino referirme a aquella “elegancia”, en sentido filosófico,  que brota del interior de la persona, de su cualidad de ser único e irrepetible; es, en definitiva, la exteriorización de la  armonía interior, y que se manifiesta en una determinada manera de entender la vida, y las relaciones interpersonales, dominada por la finura, por la sencillez, por la nobleza, por el equilibrio, por la naturalidad. Incluso en los momentos difíciles. La elegancia siempre es natural y bella, nunca es afectada.

Esta elegancia, en mi opinión, que puede ser discutida, tiene que nacer, necesariamente, en una profunda convicción de respeto, de valoración y de aceptación de los demás, tal y como son y no como quisiéramos que fueran. Esos sentimientos internos, cuando son vividos desde la convicción, son los que hacen que nos manifestemos cordiales y no zalameros, simpáticos y no cargantes, afables y no falsos, considerados y no serviles.

La verdadera elegancia nunca trata de hundir al interlocutor, sea quien sea, para quedar yo arriba. Demasiadas veces da la impresión que queremos “subir nuestro sillón” más alto que el del vecino. Incluso, frecuentemente cuando afirmamos ser “poca cosa”, estamos tratando de decir que incluso en humildad estamos por arriba. Es esta una forma de actuar que intenta ser "sutil", aunque rara vez lo consigue. Recuerda, lector amigo, aquel viejo dicho: 

            El discípulo: Maestro, vengo a ti con nada en las manos

            El maestro:   Entonces suéltalo enseguida.

            El discípulo: Pero ¿cómo voy a soltarlo si es nada?.

            El maestro:   Entonces llévatelo contigo 

El "ego" puede engordar tanto tanto con lo santo como con lo mundano, con la pobreza como con la riqueza, con la austeridad como con el lujo. Abandonamos fácilmente nuestras posesiones, no abandonamos el “ego” que es el gran enemigo de la elegancia. 

La persona elegante intenta que nadie se sienta inferior. Es el exhibicionista quien se siente inferior y por eso necesita exhibirse.  Pero, lamentablemente, el éxito en este mundo parece (sólo lo parece) que va a caballo en la apariencia y el exhibicionismo. ¿Qué hacer?. Elegir un camino u otro es cuestión de elegancia, desde mi punto vista, claro.

                                                                                    José Luis   

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