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CRÓNICA

BENDICIÓN Y ENTRONIZACIÓN DE LA IMAGEN DEL MÁRTIR TOMAS CORDERO.

(ver fotografías)

             El día 13 de octubre de 2013 fue beatificado en Tarragona, Tomás Cordero Cordero, junto con los compañeros mártires de Fernán Caballero y otros muchos mártires. Desde esa fecha, incluso antes, los sobrinos, paisanos, sacerdotes, claretianos de la zona y José Luis y Nicanor iniciaron un proceso para honrar la memoria del mártir Tomás Cordero.

            El evento ha tenido lugar en Robledino de la Valduerna (León) pueblo natal del mártir, el sábado 26 de julio de 2014, durante las fiestas patronales del apóstol Santiago. El acto consistió  en la bendición de la imagen del mártir, procesión por las calles principales del pueblo con paradas en la escuela donde estudió y las casas donde nació y vivió Tomás. De regreso a la Iglesia se celebró la Misa solemne y para finalizar, las autoridades locales ofrecieron a todos los presentes un agasajo con productos de la tierra.

            Los actos estuvieron presididos por el obispo de Astorga D. Camilo Lorenzo Iglesias. También asistió el vicario General de la diócesis D. Marcos Lobato,  y otros ocho sacerdotes de la zona. En representación de los Misioneros Claretianos asistimos ocho: El P. José Ma. Pérez Díez de la Cdad. de Vigo y natural del lugar, dos de la Cdad. de León y el resto de la Provincia Bética, que en esos días estábamos de vacaciones en esa zona: Vicente Cuadrado de Lera, José A. Álvarez Cavero, Santiago García Dueñas,  José A. de Abajo y Pedro Fuertes.

            Asistieron prácticamente todos los sobrinos y familiares del mártir, que en todo momento se prestaron a organizar, colaborar y participar en este acto tan entrañable y esperado por ellos. También asistieron al acto todos los vecinos del pueblo y un nutrido número de personas de los pueblo cercanos de la comarca de la Valduerna.

            En la homilía el Sr. Obispo comentó las circunstancias del martirio de Tomás, destacando su fortaleza de fe, la confianza en Dios y la fidelidad hasta dar la vida. Invitó a tenerlo como referente de nuestra vida y a contar con su mediación.

            Los actos fueron dirigidos por D. José L. Fernández, sacerdote natural de Robledino, y principal organizador del evento junto con Nicanor Lobato, sacerdote, natural también de Robledino y familiares de Tomás Cordero.

            Al final del acto se hizo memoria del Claretiano  Manuel García Díez, también natural de Robledino y compañero de los mártires de Fernán Caballero, que junto con otros compañeros lograron llegar a Madrid donde vivieron  los avatares de la guerra. Murió o lo mataron el 15 de enero de 1937 en Pozuelo de Alarcón en circunstancias desconocidas, por lo que nunca se ha podido introducir la causa de beatificación.

            Intervinieron: D. José Luis Fernández que agradeció la presencia del Sr. Obispo, sacerdotes y grupo de claretianos. También destacó la presencia y colaboración de  los familiares del mártir y de todos los presentes. Comentó el simbolismo de la imagen y presentó a D. David Ramos Cuadrado, natural de Robledino, escultor y artífice de la imagen del beato Tomás, que manifestó de forma sencilla y humilde la alegría de poder realizar esta obra y entregarla a su pueblo.

            Se repartieron folletos y estampas con la imagen del mártir y reseña de la vida. Su imagen ha quedado colocada en un lugar destacado de la Iglesia.                                            

                                                   En Robledino de la Valduerna a 26 de julio de 2014.         

                                                                                                        Vicente Cuadrado de Lera.

 

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TOMÁS CORDERO CORDERO:  (Mártir)

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DATOS BIOGRÁFICOS  E HISTÓRICOS

El día 13 de Octubre de este año en curso 2013, En Tarragona, serán beatificados medio millar de nuevos beatos. Entre ellos está TOMAS cordero, cordero, natural de nuestro pueblo y 13 compañeros de la Congregación de los Misioneros Hijos del Corazón Inmaculado de la Bienaventurada Virgen María; asesinados, por odio a la fe, durante la persecución religiosa en España el año 1936.

Pretendemos, a continuación hacer una reseña histórica amplia; aunque distribuida de forma más resumida al principio y ampliada, después, para que quien quiera profundizar más.

   

ÍNDICE.

Aprobación Del decreto de beatificación

Biografía de Tomás Cordero

Crónica abreviada del martirio

Crónica más detallada del martirio

Los restos

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APROBACIÓN DE LOS DECRETOS DE BEATIFICACIÓN:

 

El día 1º de Julio e 2010 el Santo Padre recibió al arzobispo Ángelo Amato, S.D.B., prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos y autorizó al dicasterio a promulgar los decretos concernientes a Causa de Martirio de los Siervos de Dios José María Ruiz Cano, Jesús Aníbal Gómez Gómez, Tomás Cordero Cordero y 13 compañeros de la Congregación de los Misioneros Hijos del Corazón Inmaculado de la Bienaventurada Virgen María.

 

TOMÁS CORDERO CORDERO:  (Mártir)

            Nació el 8 de junio de 1910 en Robledino de la Valduerna, provincia de León, diócesis de Astorga. Pueblo situado en la ribera del río Duerna, a tres escasos kilómetros del Santuario de la Virgen de Castrotierra. Fueron sus padres Vicente y Tomasa, labradores de vida sencilla: Familia donde siempre se rezaba el rosario, como en la mayor parte de las familias.

            Bautizaron a Tomás el mismo día de su nacimiento. Fueron seis hermanos; Tomás, María, Gaspar, Gumersindo y Lucía. Y con cariño de Hermanos: Ángel, Esteban y José (fallecido siendo niño) él el mayor. “En la escuela es el primero; en la Iglesia el más ejemplar”.

            Era generoso: compartía con los compañeros todo lo suyo. Su padre deja escrito: “Dios sembró en él todas las delicias de un niño y la pureza de un ángel; me pidió que le dejase ser misionero, y en aquellos momentos, los más penosos para mí por haber perdido a mi esposa, me opuse a sus deseos ya que Tomás era el único sostén de la familia, pero me dio tales razones que yo mismo lo acompañé al seminario que los Misioneros Claretianos tenían en Plasencia, el día 10 de octubre de 1924”.

            Dos años estuvo allí, pasando luego a Don Benito y de allí al Noviciado de Jerez de los Caballeros, donde hizo su primera profesión como religioso el 15 de agosto de 1929. Allí mismo en Jerez, comenzó los cursos de filosofía. Posteriormente pasó a Zafra para proseguir con los estudios de teología.

            Con motivo de la venida de la República, en mayo de 1931, los desmanes de las turbas, la quema de Iglesias y las amenazas de muerte a  sacerdotes y religiosos, tuvo que pasar un par de meses en su pueblo con la familia.

            Fiel a su vocación respondió a la llamada de los superiores. Faltaban unos días para la fiesta de Santiago, patrón del pueblo. Podía esperar un poco. Contestó que su fiesta era regresar al seminario con los Misioneros. Y cuando quisieron convencerle: “mira que te van a matar”, su respuesta fue tajante: “si tengo que morir. Moriré por Dios”. Y regresó a Plasencia.

            El informe de su director es este: “El Sr. Tomás Cordero es un sujeto muy recomendable, piadoso, sencillo, obediente, aplicado, dado de veras a la virtud”.

            Recibió la Órdenes Menores en el Teologado de Zafra en diciembre de 1932. Como testimonio de su amor al Corazón de María sirva su propio testimonio: “Esclavitud de amor. El esclavo se inclina ante la Reina, pero el hijo se reclina sobre el pecho de la Madre para disfrutar allí de las ternuras de su Corazón”.

            A primeros de mayo de 1936, huyendo de Zafra, donde las turbas habían asaltado y saqueado el seminario, llega con sus compañeros a Ciudad Real. Termina allí el cuarto curso de teología. Está a un paso del sacerdocio. Se adelantaron los milicianos el 24 de julio de 1936. Después de cuatro días de estar preso en el propio seminario, y de sufrir toda clase de humillaciones y malos tratos,  junto con sus trece compañeros, en la estación del ferrocarril en Fernán Caballero, sobre las cinco de la tarde del 28 del 28 de julio de 1936, alcanzó la gloria del martirio.

            Tenía 26 años. Era el mayor en edad y en profesión de los catorce compañeros Mártires.

                                                                       (Tomado de los escritos del P. Federico Gutiérrez cmf.

CRÓNICA ABREVIADA DEL MARTIRIO

DE TOMAS CORDERO Y COMPAÑEROS.   (28-07-1936)

                Estos Misioneros Hijos el Corazón de María –Misioneros Claretianos-  habían llegado a Ciudad Real a primeros de mayo de 1936, expulsados del Colegio Teologado de Zafra, por la persecución religiosa que ponía en peligro sus vidas. Eran 30 lo seminaristas.

            El 24 de julio, quedaron presos en su propia Casa de Ciudad Real. Los milicianos se hicieron dueños y señores del convento.

            Los milicianos no los dejaron solos ni un momento. Siempre con las armas en la mano.

Componían la Comunidad: 9 padres, los 30 estudiantes y  8 hermanos. Toda la comunidad estaba condenada a muerte.

  “Cuatro fueron los días de prisión para las catorce victimas. Decir lo que en dichos días tuvimos que sufrir en cosa imposible”. “Todos teníamos el convencimiento  de que nos matarían, intensificando la vida de piedad”.

            El día 28, salió para Madrid la primera expedición, la de los 14 mártires. Acompañados siempre por los milicianos fueron a la estación de Ciudad Real. Al llegar se armó un gran alboroto: “Que son frailes, no los dejéis subir la tren, matadlos”. Poco faltó para que fueran asesinados allí mismo. ”Oíamos que a los frailes los iban a matar antes de llegar al Guadiana”. “En el trayecto los milicianos los iban insultando, particularmente una miliciana”.

Al llegar a la estación de Fernán Caballero, los milicianos obligaron a parar el tren. “Ordenaron a los frailes -dice un testigo presencial- que bajaran del tren. Bajaron diciendo: “Sea lo que Dios quiera, moriremos por Cristo y por España”. Algunos extendieron los brazos gritando: “viva Cristo Rey, viva España”…. Empezaron las descargas. Todos los frailes cayeron al suelo. Algunos se levantaron, unos de pie, otros de rodillas, otros….Algunos con los brazos extendidos seguían gritando: “Viva Cristo Rey…”

            Partió el tren. Los que presenciaron la escena comentaban: “Han muerto dando vivas a Cristo Rey y a la Virgen…”

            Allí quedaron 13 cadáveres, y entre ellos, aún con vida, Cándido Catalán, gravísimamente herido. Moriría horas más tarde mientras le llevaban al hospital de Ciudad Real.

El hermano Felipe González fue martirizado también en Fernán Caballero, en la puerta del cementerio, el día 2 de octubre de 1936, gritando: “Viva Cristo Rey y el Corazón de María”.

                                                                                          (Tomado de los escritos del P. Federico Gutiérrez)

  

CRÓNICA MÁS DETALLADA DEL MARTIRIO

(Zafra, Ciudad Real, Fernán Caballero son los tres escenarios en que se desarrolló el drama del Ter­cer Seminario Mártir. Nuestros Estudiantes Teólogos, en odisea impresionante, salieron de Zafra, se establecie­ron en Ciudad Real y culminaron en Fernán Caballero su pasión gloriosa, iniciada varios meses antes del estallido de la Revolución en el mes de Julio.)

Zafra

Ciudad enclavada en la Provincia extremeña de Badajoz. El nombre de Zafra suena con legítimo orgullo en la Congregación claretiana. Por su Colegio Seminario han desfilado varias generaciones de jóvenes estudiantes, con prestigiosos profesores y con formadores excelentes al frente, que hicieron de su Teologado un plantel frondoso de Misioneros eximios. De él salieron los Mártires que ocupan esta historia, aunque su sacrificio se consumara muy lejos de sus muros...

La terrible pesadilla para el Seminario Claretiano comenzó apenas acabadas las elecciones de Fe­brero, ganadas en la Ciudad por las derechas, pero desbaratadas pronto por las izquierdas que se ha­bían adueñado de toda la Provincia de Badajoz.

Para finales de Abril se había hecho ya inaguantable la situación. Los sesenta y seis individuos que formaban la Comunidad corrían serio peligro en sus vidas y el Padre Provincial daba la orden de abandonar la casa y marchar de la ciudad. Todos los desmanes que se preparaban para la fiesta revo­lucionaria del primero de Mayo se ensayaban expresamente por las turbas delante del Colegio Semi­nario: himnos, mueras, pedradas... El día del desfile todo iba con orden, hasta que llegó el grupo za­guero, que se revolucionó, y el Padre Superior no tuvo más remedio que acudir a la autoridad del Al­calde y el Alcalde a la de Gobernador... Se desalojó el edificio, que quedó bajo la custodia de la Mu­nicipalidad.

Ciudad Real

Para el día 4 de Mayo estaban todos los Seminaristas Teólogos en Ciudad Real, su nuevo destino, haciendo la vida normal de los estudios. La Capital manchega se ofrecía como un remanso de paz para los cuarenta y siete miembros que componían la Comunidad: ocho Sacerdotes, treinta Estudian­tes y nueve Hermanos Misioneros. De estos cuarenta y siete, veintisiete van a dar gloriosamente la vida por Jesucristo. Once de ellos, aventados por las cir­cunstancias, morirán aisladamente por varios luga­res, especialmente en Madrid, y en un anonimato doloroso. Pero los de Fernán Caballero llenarán de gloria los anales de la Provincia Claretiana de Bé­tica. Y los quince compañeros que se salvaron escri­bieron después muchas páginas brillantes de servicios a la Iglesia con su vida misionera.

Empezaron por ofrecer a Dios unos sacrificios hasta entonces nunca probados. La casa no estaba preparada para recibir a los treinta o cuarenta huéspedes llegados de improviso. Faltaban muebles, ropa y muchas cosas más. El bueno del Señor Obispo puso a su disposición las camas y ropa de la Casa de Ejercicios. Los nuestros quisieron traer de Zafra lo que se pudiera, pero los asaltantes se ha­bían encargado de despojarla de todo lo útil...

Sin embargo, aquellos valientes muchachos, formados en austeridad, reemprendieron con seriedad notable los estudios, sin dispensarse ninguna obligación de la vida religiosa en medio de tanta renun­cia, y las calificaciones que obtuvieron al final del curso resultaron brillantes. Encerrados en aquel ca­serón enclavado dentro de la Ciudad, no podían salir para nada, por el ambiente prerrevolucionario que se respiraba. Las vacaciones estivales se presentaron duras, y más con el calor tan subido en las tierras de la Mancha. Sin embargo, había paz y alegría, como dice en cartas a los suyos un futuro mártir, el Estudiante colombiano Jesús Aníbal Gómez: No tenemos huerta, y para el baño nos las arreglamos de cualquier modo... De paseo no hemos salido ni una sola vez desde que llegamos: de hecho guardamos clausura estrictamente papal; así nos lo exigen las circunstancias. Por lo dicho puede ver que no estamos en Jauja y que algo tenemos que ofrecer al Señor. Y era cierto, pues esta­ban, sigue el muchacho, como des­canso a nuestro esfuerzo, saboreando la alegría que Dios regala a los perseguidos por su nombre... 

Preparando la desbandada...

Estallada la Revolución el 18 de Julio, en Ciudad Real seguían las cosas con relativa normalidad. Pero el día 23 el Padre Provincial ordenó la dispersión prevista. Se organizó para el día siguiente, aun­que... se llegaría tarde. Los que pudieran marcharían a sus familias, los extranjeros a sus consulados, y los más se desplazarían a Madrid, donde ya se habían dispuesto las pensiones más seguras.

Por la noche de aquel jueves se tuvo Hora Santa especial, que recuerda tanto la de tres días antes en la Comunidad de Barbastro y la del día siguiente en el Mas Claret de Cervera. Los tres Seminarios iguales... Aquí cantaron los jóvenes el Quédate con nosotros de Iruarrízaga: No te vayas, Señor, que anochece, y se apaga la fe; que las sombras avanzan, Dios mío, y el mundo no ve...

Al mediodía del 24, mientras estaban todos en la mesa, se presentan unos quince hombres armados exigiendo el abandono de la casa. El Padre Superior exige la orden por escrito del Gobernador, con el que se pone en comunicación telefónica. No se saca nada en claro de aquella autoridad... O es un cómplice de los asaltantes, o un indeciso, o un cobarde. Viene a la mente sin más el Coronel Villalba de Barbastro...

El Padre Superior ordena la desbandada prevista, pero se adelanta la chusma. No son precisamente elementos de la Ciudad, sino mineros, ferroviarios y campesinos llegados de fuera... 

Prisioneros en la propia casa

La escena se va a parecer mucho a la que se desarrolló en Barbastro. Parecen calcadas la una en la otra. Los asaltantes no sabían que había tanta gente dentro. Contaban con seis o siete, y se encuentran con un grupo tan numeroso. Aquí empezaron las discusiones.

- ¿Qué hacemos con tantos?...

- ¡Se les pegan cuatro tiros y aquí no ha "pasaona"!...

- ¡A quemarlos! ¡Que traigan un bidón de gasolina! ¡Al río con ellos!...

Todo, acariciando sus pistolas, y ¡con qué caras, con qué ademanes, con qué palabras!, escribirá después el Padre Superior.

Dos horas y más duró la escena cruel. El buen muchacho Jesús Aníbal Gómez aprovecha un mo­mento para exponer su condición de extranjero y pedir se le comunique con el Consulado co­lom­biano de Sevilla.

- ¿De modo que tú eres colombiano? Pues, te vamos a llevar a Italia con los fascistas. Y, oye: ¿de tan lejos te has venido para hacerte cura?

- Sí, señor; y a mucha honra.

De poco le iba a valer su condición. Lo matarían a pesar de ser extranjero y lo matarían por ser cura...

Al fin, hacia las cuatro, se presentó un delegado del Gobernador, que inspeccionó todas las depen­dencias. Finalizada la inspección, les comunica que todos quedaban detenidos y presos en la propia casa. ¿Razones?... Vea el lector si le convencen las que dio al Padre Superior:

- Peligrosidad por ambas partes. Por parte de ustedes, porque sus vidas no están seguras en la calle. Por parte nuestra, porque si no tomamos esta medida, nosotros corremos el mismo riesgo.

Antes de convertir la casa en prisión, aquella autoridad tan responsable hizo el cacheo imprescin­dible de los detenidos y el registro de todas las existencias, y así se les quitaron las armas más peligro­sas de que disponían y que iban todas a parar en un saco: navajas, tijeras, medallas, rosarios, maquini­llas de afeitar..., aunque las maquinillas se las devolvieron por mandato del jefe de turno, que por lo visto quería que sus encomendados lucieran elegantes...

Se les distribuyó de dos en dos por todos los cuartos. Uno dormía en la cama, otro en el suelo so­bre un colchón y siempre con la puerta abierta. Las órdenes eran tajantes:

- Al primero que asome la cabeza, le va un tiro.

No podían salir para nada sin previo permiso, que, para no asomarse a la puerta, habían de pedir a gritos... Como el calor era tan sofocante y estaban todos deshidratados, al fin consintieron los milicia­nos que dos de los detenidos pasaran el botijo de agua de cuarto en cuarto. A sus horas bajaban al comedor, en filas y custodiados por los milicianos.

Menos mal que El Camisón, cabo de guardia el día 25, tuvo una corazonada. En la fiesta de San­tiago, Patrón de España, les permitió salir de sus escondrijos, reunirse en la capilla para una Misa, y pasar después casi toda la mañana reunidos en el patio jardín bajo la mirada atenta de sus guardia­nes.

Sólo que al volver todos de nuevo a sus cuartos se encontraron destrozados por tierra todos los objetos religiosos: crucifijos, cuadros, imágenes..., sustituidos por hoces y martillos, eslogans revolucio­narios, carteles de curas colgados, caricaturas indecentes...

Y por la tarde había un programa especial: los milicianos trajeron a sus parientes, amigas o novias para que contemplaran el espectáculo de los curas en sus cuartos, mientras que por los pasillos desfi­laban muchachas desvergonzadas vistiendo ornamentos sagrados o cubiertas con bonetes de clérigo...

Así los tres días. Por las noches disparaban intencionalmente en los techos para aterrorizar a los presos. El domingo 26 fue especialmente duro. Los despertaron en medio de un ruido infernal y les obligaron a vestirse a plena luz. Después, a trabajar duro en la huerta y cocina. Y por la tarde, una anécdota trágico-cómica. El jefe de guardia, sin saber la requisa del día anterior, abre el saco donde habían metido todo y, al ver bastantes navajas de afeitar, telefonea al centro revolucionario que envíen refuerzos porque los presos preparaban un complot... Los milicianos no esperaron nueva orden. Se lanzan a la calle armados de escopetas, pistolas, hachas, palos..., gritando furiosos:

- ¡A matarlos! ¡A matarlos!...

El jefe ―el simpático Camisón― se da cuenta de su error. Fusil en mano, les hace frente con valen­tía, y, más que todo, con su ascendiente sobre ellos logra dispersarlos. De lo contrario, allí se hu­biera consumado la tragedia.

Por otra parte, hay que hacer justicia a los milicianos de la Ciudad. Todo lo anterior lo realizaban los forasteros, avezados a la revolución y al crimen, ante las protestas o el silencio impotente de los otros. Los de la Ciudad permitieron y hasta ayudaron a los presos a mandar telegramas y a organizar la dispersión. Y así fue. El día 28 se acabó con aquella situación de desespero.

Fernán Caballero

El Padre Superior logró ponerse en contacto con el Gobernador. En la oficina del Gobierno Civil se oía un griterío y había un desorden infernal. Nadie se entendía. Pero al fin dieron la razón al Pa­dre Superior, que acompañado de dos amigos, uno de ellos abogado, y de Don Eutiquiano Peinador, papá de tres Misioneros, que había venido a buscar a su hijo el Padre Máximo, logró se le extendieran los anhelados salvoconductos para ir todos a Madrid o adonde les conviniera.

¡Aquellos salvoconductos!... Aún no se ha desvelado por completo el misterio. Aparte del sello del Gobernador, debían llevar el de seis organizaciones revolucionarias. El texto era diáfano: Gobierno Civil de la provincia de Ciudad Real. Negociado 3. Por la presente se acredita que su portador es X.X., que con autorización de este Gobierno y del Comité de Defensa Provincial sale de Ciudad Real. Por lo cual, rogamos a las autoridades, milicias y pueblo en general, no le estorben y le den facili­dades en su viaje. Ciudad Real, 28 de Julio de 1936. - El Gobernador Civil, Germán Vidal.

Todo muy bien. Todo precioso. Todo seguridad... Sólo que ―parece, parece...― dispusieron los se­llos de manera que resultaban una contraseña fatídica. De hecho, a pocos kilómetros de la Ciudad, y en las mismas narices de la Autoridad, como quien dice, no sirvieron sino para que sus portadores ca­yeran en la trampa...

Se organizaron los grupos. En el primero, además del Padre Máximo acompañado de su papá Don Eutiquiano, irían estos catorce Estudiantes: Tomás Cordero, Claudio López, Ángel López, Primitivo Berrocoso, Gabriel Barriopedro, Antonio Lasa, Vicente Robles, Melecio Pardo, Antonio María Orrego, Otilio del Amo, Cándido Catalán, Ángel Pérez, Abelardo García y Jesús Aníbal Gómez.

Abrazos emotivos. Promesas de oración. Y un confiado ¡Hasta pronto!... Un miliciano, buen cora­zón con los expedicionarios, pero mala entraña con aquel personaje misterioso de Roma..., los des­pide medio festivo:

- Nosotros, lo que deseamos es verlos pronto en brazos de sus madres; pero si en lugar de ustedes cogemos aquí al hombre del vestido blanco, a ése sí que no le soltamos. ¡El canalla ése, que ha le­vantado esa prensa contra el obrero!...

Subidos a los taxis, marcharon todos hacia la estación del ferrocarril, custodiados por milicianos. Era media tarde, y el sol de Julio caía feroz sobre los campos manchegos. Los expedicionarios se dis­tribu­yen para subir a los vagones. Pero, reconocidos por los muchos curiosos que en aquellos prime­ros días de la revolución se agolpaban en las estaciones de trenes y autobuses, comienza en seguida el tu­multo ensordecedor:

- ¡Curas! ¡Frailes! ¡No los dejéis subir! ¡A matarlos! ¡Son curas! ¡Éstos no llegan a Madrid!...

Los treinta o cuarenta milicianos reúnen a los pobres muchachos en una sala de la estación y los guardan allí hasta que llegue el tren, que se presenta a las cuatro y cuarto. En este tren venía un gran contingente de milicianos llamados a filas y que se dirigían a Madrid. Enterados sobre el asunto de nuestros Seminaristas, impiden que suban porque los quieren matar allí mismo. Ahora se entabla una discusión acalorada entre socialistas de Ciudad Real y los milicianos comunistas. Los primeros quie­ren llevar a los muchachos hasta Madrid para que deter­mine la Dirección General de Seguridad. Los otros se empeñan en liquidarlos allí mismo. En la fu­riosa discusión interviene una miliciana repulsiva, que besa cariñosamente a uno de los revolucionarios a la vez que pide a todos:

- ¡A matarlos! ¡Hay que matarlos!...

Al fin, los suben después en el mismo vagón de atrás, y, para que vayan todos juntos, desalojan de sus puestos a varias personas. ¿Con qué intención?... En el camino les exigen:

- ¡Señores, la documentación!

Presentan el salvoconducto misterioso...

Recuentan los salvoconductos y notan que falta uno, pues saben muy bien que son quince los ex­pedicionarios. Don Eutiquiano ha sido listo, ha tomado consigo a su hijo el Padre Máximo y ha su­bido en un coche de primera clase, donde pasa totalmente desapercibido. Registran meticulosamente por entre los pasajeros y no aparece el que buscan... Al llegar a la próxima estación de Fernán Caba­llero, dos milicianos se adelantan al maquinista y le ordenan no poner en marcha el tren hasta nuevo aviso. Entonces hacen bajar a los catorce muchachos:

- Ya habéis llegado al término de vuestro viaje.

- Pero..., nosotros vamos a Madrid.

- ¡Abajo, y basta!...

Nuestros jóvenes, viendo que había llegado el momento supremo, se dicen:

- Puesto que hemos de morir, ¡muramos por Dios!

Los colocan entre la segunda y la tercera vía, mientras los milicianos se quedan a diez metros en la vía primera, apuntando con los fusiles:

- ¡Todos juntos, y levanten los brazos!

Los viajeros del tren, obligados por los milicianos, hubieron de asomar sus cabezas por las ventani­llas llenos de terror, a pesar de las protestas airadas de algunos, sobre todo mujeres. El forcejeo entre pasajeros y milicianos rojos estuvo a punto de desatar escenas violentas...

Los jóvenes Seminaristas Claretianos, serenos, lanzan al aire repetidamente la consabida aclama­ción:

- ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Corazón de María!...

La nutrida descarga no logra matar a algunos, que, heridos solamente, se arrastran hacia los vago­nes para agarrarse a sus plataformas. Pero los milicianos van dando a cada uno el tiro de gracia, a la mayoría de ellos me­tiéndoles la bala por los ojos...

El Padre Máximo Peinador, profesor de los Seminaristas ―prestigioso escriturista y que llegará a ser después Provincial de Bética y Subdirector General de la Congregación―, contempla todo desde el tren parado en la esta­ción, y será un testigo excepcional del todo.

Los milicianos alardean ahora de su odio, su salvajismo y su incultura, cuando van gritando por las calles:

- ¡Yo he descargado dieciocho peines!... Yo les convido a carne fresca. El que quiera, que vaya a la estación, que allí hay catorce curas por el suelo...

Enterado el Gobernador, ocultó su cobardía y doble juego:

- ¡Yo no puedo gobernar un país de asesinos!...

Pero aún no había acabado la tragedia. Uno de entre las víctimas no estaba muerto, y nadie se ex­plica lo que ocurrió. El joven Cándido Catalán, revuelto en su propia sangre y cuando ya se han mar­chado los asesinos, logra arrastrarse hasta el vestíbulo de la estación. Recelaba de todos, mientras pedía algo de agua para su ardorosísima sed. La esposa y la hija del Jefe de la Estación le atienden con todo cariño. Le limpian las heridas del cuerpo acribillado a balazos, y logran que la Guardia Civil se dis­ponga a llevarlo en una ambulancia a Ciudad Real. Los de la Benemérita reúnen a todos los sospe­chosos y se los presentan al moribundo a ver si reconoce a alguno de ellos como asesino. El mucha­cho los mira buenamente y niega con la cabeza. Le preguntan si es que no habían sacado los billetes para viajar, y aún tiene fuerzas para responder:

- Nos dieron el dinero en casa y lo entregamos a los milicianos en la estación, pero no nos dieron los billetes.

Lo montan en la ambulancia, pero no llega vivo a la Ciudad. Desde el coche, su alma bella em­prendía el vuelo hacia las alturas...

Los cadáveres de los trece compañeros, tapados con lonas, permanecieron en el suelo hasta el día siguiente, cuando buenas mujeres de Fernán Caballero prestaron sábanas para envolverlos dignamente y ser enterrados en el cementerio.

Faltaba el último acto del drama, que no se consumaría hasta el 2 de Octubre.

El Hermano Felipe González de Heredia no iba en ninguna expedición a Madrid, porque tenía un hermano en Ciudad Real y se quedó hospedado en su casa. Doloroso cuanto queramos, pero la cu­ñada no lo admitía y se quiso desentender de él. A pesar de los malos tratos que le dispensaba, Felipe no se iba, pues salir era dirigirse por su propio pie a la muerte. La cuñada, sin aguantarlo más, lo de­nuncia repetidamente a los revolucionarios, que le dicen al fin:

- Bueno, ya que tienes tanto interés, iremos a buscarlo.

Era el 30 de Septiembre. Hasta el día 2 de Octubre lo detienen en la checa instalada en el Semina­rio, cuando el miliciano Agustín Vacas ― ¡que llevaba encima de setenta a noventa asesinatos!―, acompa­ñado de otros dos camaradas y dos muchachas, lo cargan en un coche que se dirige hacia la misma Fernán Caballero. El traslado resulta cruel, pues someten a su víctima a pesadas torturas físicas y mora­les, por parte sobre todo de la descocada Eusebia Burgos Gavilán, miliciana de sólo dieciséis años, ¡y vaya gavilán que debía ser!... Le enseñan al Hermano la navaja y le pin­chan con ella mientras le van diciendo:

- Tú no eres cura, tú eres un fariseo. Y así, a navajazos, te vamos a matar. Con estos perros no hay que gastar pólvora...

Llegados al control de Fernán Caballero, responden los asesinos cuando les piden la documenta­ción:

- Nada. Venimos sólo a dejar a este criminal.

Este criminal, dice en el Proceso el sacerdote Pablo Martín, que lo vio allí dentro del auto, estaba colocado en medio de las dos milicianas, que empuñando unas navajas herían los muslos de la víc­tima, teñido de la sangre que manaba de las heridas. Iba resignado, con las manos juntas y los ojos bajos mirando al suelo.

Momentos después, dejaban junto a la puerta del cementerio a aquel humilde religioso, que, como atestigua un buen campesino que contemplaba la escena desde la huerta contigua, gritó con los brazos en cruz, antes de recibir la descarga:

- ¡Viva Cristo Rey y el Corazón de María!

Eusebia, la gavilán, se encarga de descerrajarle el tiro de gracia, mientras le dice:

- Anda, y que te vaya bien por tu Cielo...

La soez miliciana decía más de lo que sabía. No dudamos de que a nuestros hermanos Mártires de Bética les está yendo muy bien allá arriba...

                                                                                                                                         (Tomado de los escritos del P. Pedro García cmf.)

LOS RESTOS

Los restos de los mártires claretianos fueron trasladados, desde La parroquia del corazón de María de Madrid, a la cripta de la parroquia de San Antonio María Claret de Sevilla el día 14 de Febrero del año 2013.